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La represión franquista

 


Durante años, la izquierda insistió en la represión durante la guerra, exagerando sin tasa la represión de la derecha para encubrir y justificar la de la izquierda. El historiador Salas Larrazábal ya demolió concienzudamente el mito de los 200.000 pregonado por la propaganda comunista o procomunista, dejando la cifra en 23.000. Según datos aparecidos posteriormente, de esta cifra, al menos un tercio fueron conmutados por penas de cárcel.

Pío Moa, ex-comunista e historiador

Después de una guerra suele haber represiones y represalias; también en la nuestra. Tras la guerra mundial fueron ejecutados nazis reales o supuestos en número muy elevado, y la represión se ejerció indiscriminadamente contra la población civil alemana, mediante deportaciones masivas que causaron entre medio millón y tres millones de muertos, además de terribles violaciones a miles de mujeres alemanas. Los regímenes parejos al Frente Popular español hicieron víctimas en número incalculable. En la URSS, millones de personas fueron deportadas de Ucrania, el Cáucaso y los países bálticos por colaboracionismo supuesto o real con los alemanes, y cientos de miles fueron ejecutados o muertos en el Gulag. En Yugoslavia, las represalias de posguerra fueron simplemente atroces, y todavía se están descubriendo fosas comunes. Estas represiones fueron facilitadas por Inglaterra y Usa. Añádanse los campos de prisioneros alzados por Usa y Francia, con una mortandad estimada entre 60.000 y un millón de personas. Tales discrepancias entre las cifras indican la dificultad de cuantificarlas, lo que no debiera ocurrir en el caso español, ya diré por qué.

Pero centrémonos en dos países de nuestro entorno, Francia e Italia, por ser más afines culturalmente (aunque políticamente el Frente Popular lo era más a la URSS y Yugoslavia). En ellos la guerra mundial general fue doblada, en los dos últimos años, por una guerra civil, aunque de intensidad mucho menor que la española: las respectivas resistencias tuvieron enjundia menor. Pues bien, las represalias de posguerra fueron tremendas. Las cifras más bajas hablan de 10.000 víctimas en cada país, pero probablemente fueron muchas más, sin juicio previo en la mayoría de los casos. Represión mucho más sangrienta que la española, si comparamos la intensidad de las respectivas guerras civiles y tenemos en cuenta el carácter no judicial de la francesa y la italiana.

¿Cuántas ejecuciones hubo en la posguerra en España?

De pocas cosas se ha hablado más y se ha estudiado menos. Ramón Salas, hace muchos años, demolió concienzudamente el mito de los 200.000 pregonado por la propaganda comunista o procomunista, dejando la cifra en 23.000. Este dato provenía de estimaciones críticas, pero no de un estudio directo de los casos. Otro de sus ejemplares trabajos, este ya de campo, sobre los fusilados en Navarra, ratificaba sus estimaciones frente a las exageraciones fabulosas de separatistas e izquierdistas (juntos, como es tradicional). Posteriormente, Á. D. Martín Rubio elevó la cifra a entre 25.000 y 30.000, siempre sobre una base crítico-estimativa.

Lo curioso del caso es que, así como las estimaciones cuantitativas en otros países dan enormes diferencias, debido al carácter irregular de la represión (simples asesinatos sin juicio en su mayoría), no debiera ocurrir lo mismo en España, pues casi todas las ejecuciones se hicieron tras el preceptivo juicio, y por tanto deben constar en los archivos. Un historiador polaco me comentaba su asombro de que estos no hubieran sido examinados a fondo (una tarea enorme, es verdad), dedicándose en cambio la mayoría de los historiadores a mezclar estimaciones, rumores y bulos, aliñados con una retórica que apesta a aquella propaganda izquierdista que Besteiro llamó “Himalaya de mentiras”. Creo que un historiador inglés, Julius Ruiz, ha abordado el espinoso asunto y ya va dando algunos frutos que desmienten el “Holocausto español” supuesto por un historiador tan manipulador como Paul Preston (sobre su método también he escrito algo).

La citada retórica de tufo marxista presenta los ejecutados como “víctimas republicanas”, equiparando a los inocentes que sin duda cayeron con los criminales ejecutados por delitos aberrantes. Una equiparación que identifica a quienes la hacen con los criminales, precisamente.

La mentira básica, por tanto, es flagrante y desvergonzada, como la calificaban Marañón o Besteiro. Y es igual que quede a menudo de manifiesto, porque sus sostenedores la ocultan rápidamentecontinúan difundiéndola impertérritos.

Y circula porque la mayoría de los medios de masas están a su servicio y los partidos (también el PP) la impulsan activa o pasivamente: todos quieren pasar por antifranquistas, y el antifranquismo se ha convertido en licencia para mentir desaforadamente. Quienes tratamos de clarificar estos asuntos disponemos de muy pocos medios. Se dice que la verdad termina imponiéndose, pero no estoy muy seguro, aparte de que, entre tanto, la falsedad suele hacer estragos.

Tal empecinamiento en el embuste y la calumnia obliga a preguntarse cuál puede ser su interés. Creo que se trata de un interés político y a menudo personal. Para entender el primero sugiero la lectura de mi análisis –el único hecho a fondo hasta ahora– de la crucial campaña sobre la represión de Asturias después de octubre de 1934, en El derrumbe de la República El libro negro de la izquierda española. Aquella campaña propagandística, absolutamente fraudulenta, convirtió la derrota de las izquierdas guerracivilistas y golpistas en victoria política, que engendraría el Frente Popular y los odios que estallaron en 1936. Pues bien, los promotores de las versiones fraudulentas actuales participan de la ideología, los prejuicios y las tendencias del Frente Popular, los mismos que, no por causalidad, les llevan a colaborar con la ETA, a pisotear la Constitución y a fomentar el separatismo.

Existe también una faceta personal en muchos historiadores y periodistas: ante la casi ausencia de oposición, durante muchos años, al fraude histórico, han hecho una cómoda carrera profesional sumándose a la corriente, y va contra sus intereses más inmediatos reconocer a estas alturas el inmenso error que han difundido. Lamentable, pero comprensible.

Fuente: https://www.libertaddigital.com/opinion/historia/la-represion-de-posguerra-1276239237.html

Las mentiras sobre la represión franquista

 

Entre 1939 y 1960 se dictaron  unas 22.000 penas de muerte, de las cuales la mitad fueron conmutadas a cadena perpetua por Franco. Una cadena perpetua que no solía durar más de seis años. Fueron condenados por tribunales militares chekistas torturadores, asesinos, guerrilleros del maquis, terroristas, separatistas, y comunistas con crímenes a sus espaldas. Cabe destacar que en todos los países existía en esos tiempos la pena de muerte. En Francia, sin ir más lejos, se abolió en 1981.

Las “víctimas del franquismo” son el tema estrella de la propaganda de la izquierda y los separatistas desde hace años y sobre todo desde la ley de “memoria” histórica.  Naturalmente, es en este terreno donde más se esfuerzan en sembrar sus falacias, sus embustes y engaños.

En primer lugar, la represión de posguerra, debe entenderse en el contexto de una guerra revolucionaria como otras de Europa, sin ser particularmente dura y sí más legalista que casi todas las demás.

Lo curioso del caso es que, así como las estimaciones cuantitativas en otros países dan enormes diferencias, debido al carácter irregular de la represión (simples asesinatos sin juicio en su mayoría), no debiera ocurrir lo mismo en España, pues casi todas las ejecuciones se hicieron tras el preceptivo juicio, y por tanto deben constar en los archivos.

En todos los países de nuestro entorno existía en esos tiempos la pena de muerte. En Francia, sin ir más lejos, se abolió en 1981.

Las ejecucciones en la posguerra

Todavía en un libro publicado en 1977 Juan Simeón Vidarte considera “quizá” exagerada la cifra, dada por el novelista Ramón Sender, de 750.000 izquierdistas ejecutados sólo hasta mediados de 1938, y atribuye 150.000 a Queipo de Llano sólo hasta principios de dicho año. El mito de los 200.000 pregonado por la propaganda comunista o procomunista.

Entre las víctimas no se cuentan sólo los muertos, claro está. También incluyen los que tuvieron que exiliarse, medio millón al principio, que se redujo drásticamente a menos de un tercio en el primer año de posguerra y siguió reduciéndose por los retornos año tras año. Apenas quedaron fuera más que quienes temían un castigo o, después de 1969, quienes se habían asentado definitivamente en sus países de acogida.

O los niños enviados a la URSS, de donde la Pasionaria les impidió volver para reunirse con sus familias.

Incluyen asimismo entre las víctimas a los presos políticos posteriores, unos pocos centenares y que en ningún caso pueden considerarse luchadores por la democracia, pues se trataba, en su casi totalidad, de comunistas o terroristas, o ambas cosas.

Por poner un ejemplo de cómo hacen su conteo los seudohistoriadores propagandistas de la izquierda, en el caso de Aragón, se habla de que fueron exactamente 1.005 los arrojados a los pozos de Caudé, en las inmediaciones de la capital turolense, cifra equivalente a las víctimas documentadas para el total de la provincia. Su fuente nos dispensa de cualquier comentario: «cifra hoy conocida debido a que un pastor de la zona contaba los tiros de gracia que se disparaban contra los asesinados» [18].

Ramón Salas Larrazábal deja la cifra en 23.000. Sobre la distribución de las ejecuciones y asesinatos, Salas estima en 72.500 los del Frente Popular y 58.000 los franquistas, incluyendo 23.000 en la posguerra. Posteriormente, Á. D. Martín Rubio elevó la cifra a entre 25.000 y 30.000, siempre sobre una base crítico-estimativa.

Sin embargo, estas cifras han sido cuestionadas tras la apertura de unos archivos en Ávila sobre las penas de muerte que se remitían a Franco, dado que era él que podía o no conmutarlas. Entre 1939 y 1960 fueron aproximadamente unas 22.000 penas de muerte, de las cuales se conmutaron la mitad a cadena perpetua por Franco. Una cadena perpetua, por cierto, que no solía durar más de seis años.

En su obra La Justicia de Franco, Julius Ruiz afirma esa justicia, con todos sus excesos, no tuvo “carácter exterminador”. Es decir, no hubo un “holocausto español”. La persecución franquista, canalizada básicamente en forma de Consejos de Guerra, quiso concentrarse en los responsables de “crímenes de sangre” cometidos en suelo republicano, aunque en aquellas durísimas condiciones de posguerra el nivel probatorio requerido para la pena capital no era como el actual.

Comparada con ajustes de cuenta coetáneos en otros países europeos, en Madrid y otras zonas las ejecuciones masivas acabaron en 1941 y por esas fechas el régimen combinaba el mantenimiento de la represión con una excarcelación significativa de presos. 

Ni de lejos existió tal exterminio, de clase o no de clase. La inmensa mayoría de quienes, de buen o mal grado, lucharon a favor del Frente Popular (en torno a 1.500.000 hombres), de quienes lo votaron en las elecciones (4.600.000) o vivieron en su zona (14 millones) ni fueron fusilados ni se exiliaron. Se reintegraron pronto a la sociedad, y rehicieron sus vidas dentro de las penurias que por entonces afectaron a casi todos los españoles.

Naturaleza de las víctimas

La propaganda de la memoria histórica presenta a los ejecutados como “víctimas republicanas”, equiparando a los inocentes que sin duda cayeron con los criminales ejecutados por delitos aberrantes.

Aunque suele enaltecerse a los ejecutados como víctimas por motivos políticos, la mayoría fue procesada por delitos graves, a menudo atroces. Ello fue posible porque los jefes rojos huyeron a tiempo, abandonando a su suerte a miles de sicarios y  chekistas, gran parte de los cuales cayó en manos de sus enemigos.

Mientras que los rojos masacraban a inocentes, sin juicio, por el simple hecho de llevar un crucifijo, ir a misa, o estar suscrito a un periódico de derechas, el régimen de Franco juzgó a chekistas torturadores, a asesinos, a guerrilleros del maquis, a terroristas, a separatistas, a comunistas… no había entre ellos ningún demócrata.

Los diversos elementos de la oposición antifranquista reunían cuatro rasgos:

  1. Salvo los católicos, eran débiles, en especial los no comunistas;
  2. No eran demócratas;
  3. Solían girar en torno a iniciativas comunistas y defender tiranías como la de Fidel Castro; y
  4. Algunos eran terroristas y la mayoría simpatizaba con la ETA. Resultaría chocante que de ella pudiera surgir una democracia. Y no surgió, por cierto.

Con la amnistía de la Transición salen unos 300 presos políticos que había en toda España, un país que tenía entonces 36 millones de habitantes. Y de esos 300 presos políticos, casi todos eran comunistas y terroristas. Esta es la oposición real que tuvo Franco

También afirma la historiografía «oficial» que los tribunales no ofrecían garantías. Sin duda eran menos garantistas que los actuales, pero lo eran más que los franceses o italianos de la posguerra mundial y mucho más que los tribunales “populares” del bando izquierdista-separatista durante la Guerra Civil.

Dado el sesgo comunistoide de la revolución en España, si esta hubiera vencido habría aplicado la represión propia de los gobiernos marxistas. Y las persecuciones entre las izquierdas dejan suponer lo que habría esperado a las derechas si hubieran perdido la guerra. Porque una represión que no se ha investigado es la que se produjo entre los propios miembros del Frente Popular.

Prieto lo anunció tres días antes de la sublevación: “Será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel”.

El mayor logro del franquismo fue la superación de los odios políticos que hundieron la república. No fue demasiado difícil, pues la gente había conocido el Frente Popular y su revolución: la mayor hambre del siglo XX, con destrucción de un inmenso patrimonio histórico y artístico, despotismo, terror, sangrientas querellas entre las propias izquierdas y huida final de los jefes al extranjero con enormes tesoros expoliados.

 ¿Quiénes fueron las “víctimas del franquismo” y ¿por qué fueron fusilados?

Según ellos, por ser honrados republicanos que se limitaban a “pensar diferente” de Franco. Así que vamos por partes. ¿Qué pensaban aquellas víctimas? Como seguidores del Frente Popular “pensaban” que en España debía imponerse un régimen totalitario, y que si en el proceso la nación se dividía en varios estados, pues tampoco pasaba nada o era incluso deseable. Pero tampoco es cierto que fueran fusilados por eso. Casi todos lo fueron después de juicios, en los que no se alegaban sus “modos de pensar”, sino crímenes concretos y a menudo espeluznantes, torturas, etc, como los que cometieron asesinos como Julián Grimau, o los terroristas etarras, que detallaremos más adelante. Todo lo cual sabemos que se produjo con mucha abundancia en la zona del Frente Popular.

El número de fusilados de posguerra va a resultar finalmente que ascendió a unos 12.000, conmutándose otras tantas sentencias a cadena perpetua… que no solía pasar de los seis años. Ahora bien, ¿por qué cayeron en manos de los vencedores tantos criminales? Aquí está la clave de todo. Cuando la derrota se hizo inminente, en Cataluña y luego en el centro, los jefes del PSOE, que habían organizado las chekas y una represión realmente sádica, huyeron al exterior sin preocuparse de los sicarios que dejaban atrás. En Cataluña, obligaron a marchar con ellos a una masa de población que en cuanto pudo se volvió de Francia a España (en el mismo año 1939 habían vuelto más de dos tercios de los 400.000-500.000 que pasaron la frontera), pero muchos complicados en crímenes fueron dejados atrás en la apresurada fuga. Y en el centro ocurrió lo mismo en mayor medida. Cualquier dirigente responsable se preocupar de salvar en primer lugar, o al menos en segundo lugar, a los que han cumplido sus órdenes criminales y que se exponen a lo peor si los captura el enemigo.

Pero los dirigentes del PSOE pensaban de otro modo. No solo se habían preocupado de organizar aquellas terroríficas checas, sino además de organizar el robo sistemático de todo tipo de bienes, particulares de los bancos, alhajas de los montes de piedad, pertenecientes al patrimonio histórico-artístico, etc. Este gigantesco expolio, acompañado de destrucciones, no lo organizaron en el último momento, sino desde poco después de recomenzada la guerra. Negrín, su principal organizador y uno de los grandes líderes históricos del PSOE, se jactaba abiertamente de aquellas medidas. Todo esto lo he explicado de modo suficiente en Los mitos de la Guerra Civil, con datos procedentes del propio PSOE y nunca rebatidos. Por lo tanto, si hemos de hablar de víctimas, hay que adjudicar la autoría, en primer lugar, a los jefes del PSOE, que se fueron con sus tesoros sin preocuparse de sus sicarios. Y a los jefes del resto del Frente Popular, pero muy especialmente de este partido y gobierno actual, que no han aprendido nada de la historia y no cesan de instrumentar y subvencionar campañas de odio y mentiras, al paso que pretenden ultrajar los restos del hombre que libró al país de ellos.

Y digamos, para concluir, que el PSOE, tan activo durante la guerra y antes en organizar terrorismo, violencias diversas y golpes de estado, no hizo durante el franquismo oposición alguna significativa al régimen. Los comunistas sí la hicieron, arriesgándose seriamente a menudo. El valor que le faltó entonces a los socialistas lo “demuestran” cuarenta años después tratando de profanar la tumba de Franco y aplastar las libertades básicas de la democracia.

Julián Grimau, el torturador y asesino condenado a muerte en 1963

Juan E. Pflüger 

Los artículos laudatorios dedicados a Grimau más de medio siglo después de su condena a muerte y ejecución siguen asegurando que fue injusto. Veamos cuál fue la actividad criminal del líder comunista en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil.

Grimau tenía veinte años cuando se proclamó la república. Tras pasar por Izquierda Republicana, en 1935 se afilió al Partido Republicano Federal y, tras el inicio de la Guerra Civil, ya en octubre de 1936, pasó al Partido Comunista de España. Un mes después -coincidiendo con las sacas a Paracuellos desde las cárceles madrileñas-Santiago Carrillo le nombra jefe de grupo de la Brigada Criminal de Madrid. Pocos meses después, y en agradecimiento por los servicios prestados en la represión en la retaguardia republicana de Madrid, es trasladado a Valencia donde se le asciende a Secretario General de Investigación Criminal.

En agosto de 1937 se le reconoce en el boletín de la Dirección Genreral de Seguridad el mérito de haber detenido a sesenta y tres personas que fueron fusiladas posteriormente.

Donde Grimau depura su labor criminal es en Barcelona. Allí, además de tener víctimas de la derecha “que tenían que ser aniquilados por la revolución proletaria”, centró sus esfuerzos en acabar con los elementos troskistas. Desde finales de 1937 y a lo largo del resto de la Guerra Civil, su labor como responsable de seguridad se alterna con la de interrogador-torturador y testigo de cargo en docenas de procedimientos. Todos ellos acabaron con la ejecución-asesinato de sus detenidos.

Entre sus técnicas de tortura destacan las más despiadadas traídas a España gracias a los agentes soviéticos enviados por Stalin, con los que Grimau colaboraba y de los que aprendió las más depuradas técnicas de tortura.

Solía actuar en los sótanos de las dependencias de la Brigada Criminal, en ese lugar, como aseguran testigos de aquellos interrogatorios, se empleaban técnicas como la de quemar pies y manos con un soplete para obtener las confesiones. Varias mujeres que fueron detenidas en la estación de ferrocarril de Gerona cuentan como a una de ellas, que acabó siendo fusilada, la maltrataron física y psíquicamente llegando a arrancarle el cabello a tirones.

A un magistrado del que esperaba obtener una confesión que le hiciera reconocer que condenó a milicianos comunistas sin preubas antes de la Guerra Civil, llegó a llevar a sus hijos de 2 y 7 años a la checa de la Plaza de Berneguer el Grande y amenazarles con una pistola si no firmaba tal confesión.

Uno de los testigos de sus torturas, Nicolás Riera Marsá, cuenta como “Empleaba el tal Grimau un dispositivo eléctrico acoplado a una silla. Usaba también una cuerda de violín o de violonchelo puesta en un arco de violín, que provocaba, aplicada sobre la garganta del interrogado, una agobiante asfixia que enloquecía al torturado. Otros interrogatorios se efectuaban con el preso atado a un sillón de barbería, situándose dos individuos detrás de él, mientras Grimau hacía las preguntas con una luz enfocada a la cara del interrogado; si la contestación no era de su agrado recibía dos golpes simultáneos de los hombres situados a su espalda que lo dejaban, en primer lugar, baldado y, después, con un miedo atroz y una tensión nerviosa tan brutal que obtenía cuantas declaraciones quería, verdaderas o falsas. A uno de los detenidos, Juan Villalta Rodríguez, se le castró en la silla de barbero, donde existían unas placas eléctricas que le fueron aplicadas a los testículos, produciéndole quemaduras horrorosas. Este tormento también lo sufrió don Francisco Font Cuyás que, como el anterior, fue fusilado más tarde”.

Su “eficacia” a la hora de obtener confesiones hizo que en el proceso contra el POUM, acusados de trotskistas, fuera el encargado de obtener las confesiones que acababan con el fusilamiento de los encausados. Su sumisión a las tesis de Stalin llevó a que se le apodase como “el ojo de Moscú”.

Hay una constante declarada por todas aquellas personas que sufrieron en sus casas el registro del grupo que dirigía Grimau: no dejaba ningún objeto de valor en ninguno de los domicilios que visitaba. Y su afán de lucro era tal que no dudaba en repartirse con sus hombres el botín en presencia de sus víctimas.

Jorge Semprún, miembro del Comité Ejecutivo del PCE en el exilio en 1963 cuando fue condenado a muerte y ejecutado Grimau, ha dejado un tesitmonio que, pese a la campaña internacional en su defensa, deja claro el carácter criminal del “ojo de Moscú”. Su declaración deja claro el carácter del personaje y muestra como se suavizaron sus crímenes en el libro biográfico publicado por el PCE en homenaje al torturador:

“A raíz de su detención [de Grimau], y sobre todo después de su asesinato, cuando participé en la elaboración del libro (Julián Grimau — El hombre — El crimen — La protesta, Éditions Sociales, 1963) que el Partido consagró a su memoria, fui conociendo algunos aspectos de su vida que ignoraba por completo mientras trabajaba con él en la clandestinidad madrileña. Así, por ejemplo, yo no sabía que Julián Grimau, pocas semanas después de comenzada la guerra civil, cuando todavía era miembro del Partido Republicano Federal —sólo se hizo comunista en octubre de 1936—, había ingresado en los Cuerpos de Seguridad de la República, trabajando primero en la Brigada Criminal de la policía de Madrid. Un día, mientras preparábamos la confección del libro ya citado, Fernando Claudín, bastante desconcertado y con evidente malestar y disgusto, me enseñó un testimonio sobre Grimau que acababa de recibirse de América Latina. Allí se exponía con bastante detalle la labor de Grimau en Barcelona, en la lucha contra los agentes de la Quinta Columna franquista, pero también —y eso era lo que provocaba el malestar de Claudín— en la lucha contra el POUM. No conservo copia de dicho documento y no recuerdo exactamente los detalles de esta última faceta de la actividad de Grimau, que el testigo de América Latina reseñaba como si tal cosa, con pelos y señales. Sé únicamente que la participación de Grimau en la represión contra el POUM quedaba claramente establecida por aquel testimonio, que fue edulcorado y censurado en sus aspectos más problemáticos, antes de publicarse muy extractado en el libro al que ya he aludido”.

Fuente: https://gaceta.es/blogs/crimenes-del-comunismo/grimau-torturador-asesino-al-ahora-reivindica-la-izquierda-espanola-20170919-2038/

 

La leyenda de la represión

Pilar Gutiérrez, Presidenta de Movimiento por España

Otra prueba del mito de la represión es Luis Llach y su canción revolucionaria L’estaca, que estuvo en el mercado muchos años y su autor haciendo caja y en la calle tan tranquilo. Yo misma compré el disco en 1972 sin ningún problema. Dice Wikipedia que “por las prohibiciones de la dictadura franquista tuvo que exiliarse a París”. Pues si hubiera sido una dictadura de verdad, habría estado en la cárcel y no en París, o a lo mejor bajo tierra, como tantos jóvenes venezolanos.

La letra de la canción es esta:

El viejo Siset me hablaba 
al amanecer, en el portal, 
mientras esperábamos 
la salida del sol 
y veíamos pasar los carros. 

Siset: ¿No ves la estaca 
a la que estamos todos atados? 
Si no conseguimos 
liberarnos de ella 
nunca podremos andar. 

Si tiramos fuerte, la haremos caer. 
Ya no puede durar mucho tiempo. 
Seguro que cae, cae, cae, 
pues debe estar ya bien podrida. 

Si yo tiro fuerte por aquí, 
y tú tiras fuerte por allí, 
seguro que cae, cae, cae, 
y podremos liberarnos. 

¡ Pero, ha pasado tanto tiempo así ! 
Las manos se me están desollando, 
y en cuanto abandono un instante, 
se hace más gruesa y más grande.

Ya sé que está podrida, 
pero es que, Siset, pesa tanto, 
que a veces me abandonan 
las fuerzas. 
Repíteme tu canción. 

Si tiramos fuerte … 

Si yo tiro fuerte por aquí … 

El viejo Siset ya no dice nada; 
se lo llevó un mal viento. 
– él sabe hacia donde -, 
mientras yo continúo 
bajo el portal. 

Y cuando pasan 
los nuevos muchachos, 
alzo la voz para cantar 
el último canto 
que él me enseñó. 

Si tiramos fuerte … 

Si yo tiro fuerte por aquí, 
y tú tiras fuerte por allí, 
seguro que cae, cae, cae, 
y podremos liberarnos.
fuente: musica.com

 

La represión franquista

Durante años, la izquierda insistió en la represión durante la guerra, exagerando sin tasa la represión de la derecha para encubrir y justificar la de la izquierda. El historiador Salas Larrazábal ya demolió concienzudamente el mito de los 200.000 pregonado por la propaganda comunista o procomunista, dejando la cifra en 23.000. Según datos aparecidos posteriormente, de esta cifra, la mitad fueron conmutados por penas de cárcel.

Después de una guerra suele haber represiones y represalias; también en la nuestra. Tras la guerra mundial fueron ejecutados nazis reales o supuestos en número muy elevado, y la represión se ejerció indiscriminadamente contra la población civil alemana, mediante deportaciones masivas que causaron entre medio millón y tres millones de muertos. Los regímenes parejos al Frente Popular español hicieron víctimas en número incalculable. En la URSS, millones de personas fueron deportadas de Ucrania, el Cáucaso y los países bálticos por colaboracionismo supuesto o real con los alemanes, y cientos de miles fueron ejecutados o muertos en el Gulag. En Yugoslavia, las represalias de posguerra fueron simplemente atroces, y todavía se están descubriendo fosas comunes. Estas represiones fueron facilitadas por Inglaterra y Usa. Añádanse los campos de prisioneros alzados por Usa y Francia, con una mortandad estimada entre 60.000 y un millón de personas. Tales discrepancias entre las cifras indican la dificultad de cuantificarlas, lo que no debiera ocurrir en el caso español, ya diré por qué.

Pero centrémonos en dos países de nuestro entorno, Francia e Italia, por ser más afines culturalmente (aunque políticamente el Frente Popular lo era más a la URSS y Yugoslavia). En ellos la guerra mundial general fue doblada, en los dos últimos años, por una guerra civil, aunque de intensidad mucho menor que la española: las respectivas resistencias tuvieron enjundia menor. Pues bien, las represalias de posguerra fueron tremendas. Las cifras más bajas hablan de 10.000 víctimas en cada país, pero probablemente fueron muchas más, sin juicio previo en la mayoría de los casos. Represión mucho más sangrienta que la española, si comparamos la intensidad de las respectivas guerras civiles y tenemos en cuenta el carácter no judicial de la francesa y la italiana.

¿Cuántas ejecuciones hubo en la posguerra en España?

De pocas cosas se ha hablado más y se ha estudiado menos. Ramón Salas, hace muchos años, demolió concienzudamente el mito de los 200.000 pregonado por la propaganda comunista o procomunista, dejando la cifra en 23.000. Este dato provenía de estimaciones críticas, pero no de un estudio directo de los casos. Otro de sus ejemplares trabajos, este ya de campo, sobre los fusilados en Navarra, ratificaba sus estimaciones frente a las exageraciones fabulosas de separatistas e izquierdistas (juntos, como es tradicional). Posteriormente, Á. D. Martín Rubio elevó la cifra a entre 25.000 y 30.000, siempre sobre una base crítico-estimativa.

Lo curioso del caso es que, así como las estimaciones cuantitativas en otros países dan enormes diferencias, debido al carácter irregular de la represión (simples asesinatos sin juicio en su mayoría), no debiera ocurrir lo mismo en España, pues casi todas las ejecuciones se hicieron tras el preceptivo juicio, y por tanto deben constar en los archivos. Un historiador polaco me comentaba su asombro de que estos no hubieran sido examinados a fondo (una tarea enorme, es verdad), dedicándose en cambio la mayoría de los historiadores a mezclar estimaciones, rumores y bulos, aliñados con una retórica que apesta a aquella propaganda izquierdista que Besteiro llamó “Himalaya de mentiras”. Creo que un historiador inglés, Julius Ruiz, ha abordado el espinoso asunto y ya va dando algunos frutos que desmienten el “Holocausto español” supuesto por un historiador tan manipulador como Paul Preston (sobre su método también he escrito algo).

La citada retórica de tufo marxista presenta los ejecutados como “víctimas republicanas”, equiparando a los inocentes que sin duda cayeron con los criminales ejecutados por delitos aberrantes. Una equiparación que identifica a quienes la hacen con los criminales, precisamente.

La mentira básica, por tanto, es flagrante y desvergonzada, como la calificaban Marañón o Besteiro. Y es igual que quede a menudo de manifiesto, porque sus sostenedores la ocultan rápidamente y continúan difundiéndola impertérritos.

Y circula porque la mayoría de los medios de masas están a su servicio y los partidos (también el PP) la impulsan activa o pasivamente: todos quieren pasar por antifranquistas, y el antifranquismo se ha convertido en licencia para mentir desaforadamente. Quienes tratamos de clarificar estos asuntos disponemos de muy pocos medios. Se dice que la verdad termina imponiéndose, pero no estoy muy seguro, aparte de que, entre tanto, la falsedad suele hacer estragos.

Tal empecinamiento en el embuste y la calumnia obliga a preguntarse cuál puede ser su interés. Creo que se trata de un interés político y a menudo personal. Para entender el primero sugiero la lectura de mi análisis –el único hecho a fondo hasta ahora– de la crucial campaña sobre la represión de Asturias después de octubre de 1934, en El derrumbe de la República y El libro negro de la izquierda española. Aquella campaña propagandística, absolutamente fraudulenta, convirtió la derrota de las izquierdas guerracivilistas y golpistas en victoria política, que engendraría el Frente Popular y los odios que estallaron en 1936. Pues bien, los promotores de las versiones fraudulentas actuales participan de la ideología, los prejuicios y las tendencias del Frente Popular, los mismos que, no por causalidad, les llevan a colaborar con la ETA, a pisotear la Constitución y a fomentar el separatismo.

Existe también una faceta personal en muchos historiadores y periodistas: ante la casi ausencia de oposición, durante muchos años, al fraude histórico, han hecho una cómoda carrera profesional sumándose a la corriente, y va contra sus intereses más inmediatos reconocer a estas alturas el inmenso error que han difundido. Lamentable, pero comprensible.


NOTA: 
Según datos aparecidos posteriormente, la cifra de condenados a muerte tras la Guerra fue de unos 24.000, de los cuales la mitad fueron conmutados por penas de cárcel.

Fuente: https://www.libertaddigital.com/opinion/historia/la-represion-de-posguerra-1276239237.html

 

Las mentiras sobre la represión franquista

 

Entre 1939 y 1960 se dictaron  unas 22.000 penas de muerte, de las cuales la mitad fueron conmutadas a cadena perpetua por Franco. Una cadena perpetua que no solía durar más de seis años. Fueron condenados por tribunales militares chekistas torturadores, asesinos, guerrilleros del maquis, terroristas, separatistas, y comunistas con crímenes a sus espaldas. Cabe destacar que en todos los países existía en esos tiempos la pena de muerte. En Francia, sin ir más lejos, se abolió en 1981.

Las “víctimas del franquismo” son el tema estrella de la propaganda de la izquierda y los separatistas desde hace años y sobre todo desde la ley de “memoria” histórica.  Naturalmente, es en este terreno donde más se esfuerzan en sembrar sus falacias, sus embustes y engaños.

En primer lugar, la represión de posguerra, debe entenderse en el contexto de una guerra revolucionaria como otras de Europa, sin ser particularmente dura y sí más legalista que casi todas las demás.

Lo curioso del caso es que, así como las estimaciones cuantitativas en otros países dan enormes diferencias, debido al carácter irregular de la represión (simples asesinatos sin juicio en su mayoría), no debiera ocurrir lo mismo en España, pues casi todas las ejecuciones se hicieron tras el preceptivo juicio, y por tanto deben constar en los archivos.

En todos los países de nuestro entorno existía en esos tiempos la pena de muerte. En Francia, sin ir más lejos, se abolió en 1981.

Las ejecucciones en la posguerra

Todavía en un libro publicado en 1977 Juan Simeón Vidarte considera “quizá” exagerada la cifra, dada por el novelista Ramón Sender, de 750.000 izquierdistas ejecutados sólo hasta mediados de 1938, y atribuye 150.000 a Queipo de Llano sólo hasta principios de dicho año. El mito de los 200.000 pregonado por la propaganda comunista o procomunista.

Entre las víctimas no se cuentan sólo los muertos, claro está. También incluyen los que tuvieron que exiliarse, medio millón al principio, que se redujo drásticamente a menos de un tercio en el primer año de posguerra y siguió reduciéndose por los retornos año tras año. Apenas quedaron fuera más que quienes temían un castigo o, después de 1969, quienes se habían asentado definitivamente en sus países de acogida.

O los niños enviados a la URSS, de donde la Pasionaria les impidió volver para reunirse con sus familias.

Incluyen asimismo entre las víctimas a los presos políticos posteriores, unos pocos centenares y que en ningún caso pueden considerarse luchadores por la democracia, pues se trataba, en su casi totalidad, de comunistas o terroristas, o ambas cosas.

Por poner un ejemplo de cómo hacen su conteo los seudohistoriadores propagandistas de la izquierda, en el caso de Aragón, se habla de que fueron exactamente 1.005 los arrojados a los pozos de Caudé, en las inmediaciones de la capital turolense, cifra equivalente a las víctimas documentadas para el total de la provincia. Su fuente nos dispensa de cualquier comentario: «cifra hoy conocida debido a que un pastor de la zona contaba los tiros de gracia que se disparaban contra los asesinados» [18].

Ramón Salas Larrazábal deja la cifra en 23.000. Sobre la distribución de las ejecuciones y asesinatos, Salas estima en 72.500 los del Frente Popular y 58.000 los franquistas, incluyendo 23.000 en la posguerra. Posteriormente, Á. D. Martín Rubio elevó la cifra a entre 25.000 y 30.000, siempre sobre una base crítico-estimativa.

Sin embargo, estas cifras han sido cuestionadas tras la apertura de unos archivos en Ávila sobre las penas de muerte que se remitían a Franco, dado que era él que podía o no conmutarlas. Entre 1939 y 1960 fueron aproximadamente unas 22.000 penas de muerte, de las cuales se conmutaron la mitad a cadena perpetua por Franco. Una cadena perpetua, por cierto, que no solía durar más de seis años.

En su obra La Justicia de Franco, Julius Ruiz afirma esa justicia, con todos sus excesos, no tuvo “carácter exterminador”. Es decir, no hubo un “holocausto español”. La persecución franquista, canalizada básicamente en forma de Consejos de Guerra, quiso concentrarse en los responsables de “crímenes de sangre” cometidos en suelo republicano, aunque en aquellas durísimas condiciones de posguerra el nivel probatorio requerido para la pena capital no era como el actual.

Comparada con ajustes de cuenta coetáneos en otros países europeos, en Madrid y otras zonas las ejecuciones masivas acabaron en 1941 y por esas fechas el régimen combinaba el mantenimiento de la represión con una excarcelación significativa de presos. 

Ni de lejos existió tal exterminio, de clase o no de clase. La inmensa mayoría de quienes, de buen o mal grado, lucharon a favor del Frente Popular (en torno a 1.500.000 hombres), de quienes lo votaron en las elecciones (4.600.000) o vivieron en su zona (14 millones) ni fueron fusilados ni se exiliaron. Se reintegraron pronto a la sociedad, y rehicieron sus vidas dentro de las penurias que por entonces afectaron a casi todos los españoles.

Naturaleza de las víctimas

La propaganda de la memoria histórica presenta a los ejecutados como “víctimas republicanas”, equiparando a los inocentes que sin duda cayeron con los criminales ejecutados por delitos aberrantes.

Aunque suele enaltecerse a los ejecutados como víctimas por motivos políticos, la mayoría fue procesada por delitos graves, a menudo atroces. Ello fue posible porque los jefes rojos huyeron a tiempo, abandonando a su suerte a miles de sicarios y  chekistas, gran parte de los cuales cayó en manos de sus enemigos.

Mientras que los rojos masacraban a inocentes, sin juicio, por el simple hecho de llevar un crucifijo, ir a misa, o estar suscrito a un periódico de derechas, el régimen de Franco juzgó a chekistas torturadores, a asesinos, a guerrilleros del maquis, a terroristas, a separatistas, a comunistas… no había entre ellos ningún demócrata.

Los diversos elementos de la oposición antifranquista reunían cuatro rasgos:

  1. a) Salvo los católicos, eran débiles, en especial los no comunistas;
  2. b) No eran demócratas;
  3. c) Solían girar en torno a iniciativas comunistas y defender tiranías como la de Fidel Castro; y
  4. d) Algunos eran terroristas y la mayoría simpatizaba con la ETA. Resultaría chocante que de ella pudiera surgir una democracia. Y no surgió, por cierto.

Con la amnistía de la Transición salen unos 300 presos políticos que había en toda España, un país que tenía entonces 36 millones de habitantes. Y de esos 300 presos políticos, casi todos eran comunistas y terroristas. Esta es la oposición real que tuvo Franco

También afirma la historiografía «oficial» que los tribunales no ofrecían garantías. Sin duda eran menos garantistas que los actuales, pero lo eran más que los franceses o italianos de la posguerra mundial y mucho más que los tribunales “populares” del bando izquierdista-separatista durante la Guerra Civil.

Dado el sesgo comunistoide de la revolución en España, si esta hubiera vencido habría aplicado la represión propia de los gobiernos marxistas. Y las persecuciones entre las izquierdas dejan suponer lo que habría esperado a las derechas si hubieran perdido la guerra. Porque una represión que no se ha investigado es la que se produjo entre los propios miembros del Frente Popular.

Prieto lo anunció tres días antes de la sublevación: “Será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel”.

El mayor logro del franquismo fue la superación de los odios políticos que hundieron la república. No fue demasiado difícil, pues la gente había conocido el Frente Popular y su revolución: la mayor hambre del siglo XX, con destrucción de un inmenso patrimonio histórico y artístico, despotismo, terror, sangrientas querellas entre las propias izquierdas y huida final de los jefes al extranjero con enormes tesoros expoliados.

 ¿Quiénes fueron las “víctimas del franquismo” y ¿por qué fueron fusilados?

Según ellos, por ser honrados republicanos que se limitaban a “pensar diferente” de Franco. Así que vamos por partes. ¿Qué pensaban aquellas víctimas? Como seguidores del Frente Popular “pensaban” que en España debía imponerse un régimen totalitario, y que si en el proceso la nación se dividía en varios estados, pues tampoco pasaba nada o era incluso deseable. Pero tampoco es cierto que fueran fusilados por eso. Casi todos lo fueron después de juicios, en los que no se alegaban sus “modos de pensar”, sino crímenes concretos y a menudo espeluznantes, torturas, etc, como los que cometieron asesinos como Julián Grimau, o los terroristas etarras, que detallaremos más adelante. Todo lo cual sabemos que se produjo con mucha abundancia en la zona del Frente Popular.

El número de fusilados de posguerra va a resultar finalmente que ascendió a unos 12.000, conmutándose otras tantas sentencias a cadena perpetua… que no solía pasar de los seis años. Ahora bien, ¿por qué cayeron en manos de los vencedores tantos criminales? Aquí está la clave de todo. Cuando la derrota se hizo inminente, en Cataluña y luego en el centro, los jefes del PSOE, que habían organizado las chekas y una represión realmente sádica, huyeron al exterior sin preocuparse de los sicarios que dejaban atrás. En Cataluña, obligaron a marchar con ellos a una masa de población que en cuanto pudo se volvió de Francia a España (en el mismo año 1939 habían vuelto más de dos tercios de los 400.000-500.000 que pasaron la frontera), pero muchos complicados en crímenes fueron dejados atrás en la apresurada fuga. Y en el centro ocurrió lo mismo en mayor medida. Cualquier dirigente responsable se preocupar de salvar en primer lugar, o al menos en segundo lugar, a los que han cumplido sus órdenes criminales y que se exponen a lo peor si los captura el enemigo.

Pero los dirigentes del PSOE pensaban de otro modo. No solo se habían preocupado de organizar aquellas terroríficas checas, sino además de organizar el robo sistemático de todo tipo de bienes, particulares de los bancos, alhajas de los montes de piedad, pertenecientes al patrimonio histórico-artístico, etc. Este gigantesco expolio, acompañado de destrucciones, no lo organizaron en el último momento, sino desde poco después de recomenzada la guerra. Negrín, su principal organizador y uno de los grandes líderes históricos del PSOE, se jactaba abiertamente de aquellas medidas. Todo esto lo he explicado de modo suficiente en Los mitos de la Guerra Civil, con datos procedentes del propio PSOE y nunca rebatidos. Por lo tanto, si hemos de hablar de víctimas, hay que adjudicar la autoría, en primer lugar, a los jefes del PSOE, que se fueron con sus tesoros sin preocuparse de sus sicarios. Y a los jefes del resto del Frente Popular, pero muy especialmente de este partido y gobierno actual, que no han aprendido nada de la historia y no cesan de instrumentar y subvencionar campañas de odio y mentiras, al paso que pretenden ultrajar los restos del hombre que libró al país de ellos.

Y digamos, para concluir, que el PSOE, tan activo durante la guerra y antes en organizar terrorismo, violencias diversas y golpes de estado, no hizo durante el franquismo oposición alguna significativa al régimen. Los comunistas sí la hicieron, arriesgándose seriamente a menudo. El valor que le faltó entonces a los socialistas lo “demuestran” cuarenta años después tratando de profanar la tumba de Franco y aplastar las libertades básicas de la democracia.

Julián Grimau, el torturador y asesino condenado a muerte en 1963

Juan E. Pflüger 

Los artículos laudatorios dedicados a Grimau más de medio siglo después de su condena a muerte y ejecución siguen asegurando que fue injusto. Veamos cuál fue la actividad criminal del líder comunista en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil.

Grimau tenía veinte años cuando se proclamó la república. Tras pasar por Izquierda Republicana, en 1935 se afilió al Partido Republicano Federal y, tras el inicio de la Guerra Civil, ya en octubre de 1936, pasó al Partido Comunista de España. Un mes después -coincidiendo con las sacas a Paracuellos desde las cárceles madrileñas-Santiago Carrillo le nombra jefe de grupo de la Brigada Criminal de Madrid. Pocos meses después, y en agradecimiento por los servicios prestados en la represión en la retaguardia republicana de Madrid, es trasladado a Valencia donde se le asciende a Secretario General de Investigación Criminal.

En agosto de 1937 se le reconoce en el boletín de la Dirección Genreral de Seguridad el mérito de haber detenido a sesenta y tres personas que fueron fusiladas posteriormente.

Donde Grimau depura su labor criminal es en Barcelona. Allí, además de tener víctimas de la derecha “que tenían que ser aniquilados por la revolución proletaria”, centró sus esfuerzos en acabar con los elementos troskistas. Desde finales de 1937 y a lo largo del resto de la Guerra Civil, su labor como responsable de seguridad se alterna con la de interrogador-torturador y testigo de cargo en docenas de procedimientos. Todos ellos acabaron con la ejecución-asesinato de sus detenidos.

Entre sus técnicas de tortura destacan las más despiadadas traídas a España gracias a los agentes soviéticos enviados por Stalin, con los que Grimau colaboraba y de los que aprendió las más depuradas técnicas de tortura.

Solía actuar en los sótanos de las dependencias de la Brigada Criminal, en ese lugar, como aseguran testigos de aquellos interrogatorios, se empleaban técnicas como la de quemar pies y manos con un soplete para obtener las confesiones. Varias mujeres que fueron detenidas en la estación de ferrocarril de Gerona cuentan como a una de ellas, que acabó siendo fusilada, la maltrataron física y psíquicamente llegando a arrancarle el cabello a tirones.

A un magistrado del que esperaba obtener una confesión que le hiciera reconocer que condenó a milicianos comunistas sin preubas antes de la Guerra Civil, llegó a llevar a sus hijos de 2 y 7 años a la checa de la Plaza de Berneguer el Grande y amenazarles con una pistola si no firmaba tal confesión.

Uno de los testigos de sus torturas, Nicolás Riera Marsá, cuenta como “Empleaba el tal Grimau un dispositivo eléctrico acoplado a una silla. Usaba también una cuerda de violín o de violonchelo puesta en un arco de violín, que provocaba, aplicada sobre la garganta del interrogado, una agobiante asfixia que enloquecía al torturado. Otros interrogatorios se efectuaban con el preso atado a un sillón de barbería, situándose dos individuos detrás de él, mientras Grimau hacía las preguntas con una luz enfocada a la cara del interrogado; si la contestación no era de su agrado recibía dos golpes simultáneos de los hombres situados a su espalda que lo dejaban, en primer lugar, baldado y, después, con un miedo atroz y una tensión nerviosa tan brutal que obtenía cuantas declaraciones quería, verdaderas o falsas. A uno de los detenidos, Juan Villalta Rodríguez, se le castró en la silla de barbero, donde existían unas placas eléctricas que le fueron aplicadas a los testículos, produciéndole quemaduras horrorosas. Este tormento también lo sufrió don Francisco Font Cuyás que, como el anterior, fue fusilado más tarde”.

Su “eficacia” a la hora de obtener confesiones hizo que en el proceso contra el POUM, acusados de trotskistas, fuera el encargado de obtener las confesiones que acababan con el fusilamiento de los encausados. Su sumisión a las tesis de Stalin llevó a que se le apodase como “el ojo de Moscú”.

Hay una constante declarada por todas aquellas personas que sufrieron en sus casas el registro del grupo que dirigía Grimau: no dejaba ningún objeto de valor en ninguno de los domicilios que visitaba. Y su afán de lucro era tal que no dudaba en repartirse con sus hombres el botín en presencia de sus víctimas.

Jorge Semprún, miembro del Comité Ejecutivo del PCE en el exilio en 1963 cuando fue condenado a muerte y ejecutado Grimau, ha dejado un tesitmonio que, pese a la campaña internacional en su defensa, deja claro el carácter criminal del “ojo de Moscú”. Su declaración deja claro el carácter del personaje y muestra como se suavizaron sus crímenes en el libro biográfico publicado por el PCE en homenaje al torturador:

“A raíz de su detención [de Grimau], y sobre todo después de su asesinato, cuando participé en la elaboración del libro (Julián Grimau — El hombre — El crimen — La protesta, Éditions Sociales, 1963) que el Partido consagró a su memoria, fui conociendo algunos aspectos de su vida que ignoraba por completo mientras trabajaba con él en la clandestinidad madrileña. Así, por ejemplo, yo no sabía que Julián Grimau, pocas semanas después de comenzada la guerra civil, cuando todavía era miembro del Partido Republicano Federal —sólo se hizo comunista en octubre de 1936—, había ingresado en los Cuerpos de Seguridad de la República, trabajando primero en la Brigada Criminal de la policía de Madrid. Un día, mientras preparábamos la confección del libro ya citado, Fernando Claudín, bastante desconcertado y con evidente malestar y disgusto, me enseñó un testimonio sobre Grimau que acababa de recibirse de América Latina. Allí se exponía con bastante detalle la labor de Grimau en Barcelona, en la lucha contra los agentes de la Quinta Columna franquista, pero también —y eso era lo que provocaba el malestar de Claudín— en la lucha contra el POUM. No conservo copia de dicho documento y no recuerdo exactamente los detalles de esta última faceta de la actividad de Grimau, que el testigo de América Latina reseñaba como si tal cosa, con pelos y señales. Sé únicamente que la participación de Grimau en la represión contra el POUM quedaba claramente establecida por aquel testimonio, que fue edulcorado y censurado en sus aspectos más problemáticos, antes de publicarse muy extractado en el libro al que ya he aludido”.

Fuente: https://gaceta.es/blogs/crimenes-del-comunismo/grimau-torturador-asesino-al-ahora-reivindica-la-izquierda-espanola-20170919-2038/

Las mentiras sobre la represión franquista

Entre 1939 y 1960 se dictaron  unas 22.000 penas de muerte, de las cuales la mitad fueron conmutadas a cadena perpetua por Franco. Una cadena perpetua que no solía durar más de seis años. Fueron condenados por tribunales militares chekistas torturadores, asesinos, guerrilleros del maquis, terroristas, separatistas, y comunistas con crímenes a sus espaldas. Cabe destacar que en todos los países existía en esos tiempos la pena de muerte. En Francia, sin ir más lejos, se abolió en 1981.

Las “víctimas del franquismo” son el tema estrella de la propaganda de la izquierda y los separatistas desde hace años y sobre todo desde la ley de “memoria” histórica.  Naturalmente, es en este terreno donde más se esfuerzan en sembrar sus falacias, sus embustes y engaños.

En primer lugar, la represión de posguerra, debe entenderse en el contexto de una guerra revolucionaria como otras de Europa, sin ser particularmente dura y sí más legalista que casi todas las demás.

Lo curioso del caso es que, así como las estimaciones cuantitativas en otros países dan enormes diferencias, debido al carácter irregular de la represión (simples asesinatos sin juicio en su mayoría), no debiera ocurrir lo mismo en España, pues casi todas las ejecuciones se hicieron tras el preceptivo juicio, y por tanto deben constar en los archivos.

En todos los países de nuestro entorno existía en esos tiempos la pena de muerte. En Francia, sin ir más lejos, se abolió en 1981.

Las ejecucciones en la posguerra

Todavía en un libro publicado en 1977 Juan Simeón Vidarte considera “quizá” exagerada la cifra, dada por el novelista Ramón Sender, de 750.000 izquierdistas ejecutados sólo hasta mediados de 1938, y atribuye 150.000 a Queipo de Llano sólo hasta principios de dicho año. El mito de los 200.000 pregonado por la propaganda comunista o procomunista.

Entre las víctimas no se cuentan sólo los muertos, claro está. También incluyen los que tuvieron que exiliarse, medio millón al principio, que se redujo drásticamente a menos de un tercio en el primer año de posguerra y siguió reduciéndose por los retornos año tras año. Apenas quedaron fuera más que quienes temían un castigo o, después de 1969, quienes se habían asentado definitivamente en sus países de acogida.

O los niños enviados a la URSS, de donde la Pasionaria les impidió volver para reunirse con sus familias.

Incluyen asimismo entre las víctimas a los presos políticos posteriores, unos pocos centenares y que en ningún caso pueden considerarse luchadores por la democracia, pues se trataba, en su casi totalidad, de comunistas o terroristas, o ambas cosas.

Por poner un ejemplo de cómo hacen su conteo los seudohistoriadores propagandistas de la izquierda, en el caso de Aragón, se habla de que fueron exactamente 1.005 los arrojados a los pozos de Caudé, en las inmediaciones de la capital turolense, cifra equivalente a las víctimas documentadas para el total de la provincia. Su fuente nos dispensa de cualquier comentario: «cifra hoy conocida debido a que un pastor de la zona contaba los tiros de gracia que se disparaban contra los asesinados» [18].

Ramón Salas Larrazábal deja la cifra en 23.000. Sobre la distribución de las ejecuciones y asesinatos, Salas estima en 72.500 los del Frente Popular y 58.000 los franquistas, incluyendo 23.000 en la posguerra. Posteriormente, Á. D. Martín Rubio elevó la cifra a entre 25.000 y 30.000, siempre sobre una base crítico-estimativa.

Sin embargo, estas cifras han sido cuestionadas tras la apertura de unos archivos en Ávila sobre las penas de muerte que se remitían a Franco, dado que era él que podía o no conmutarlas. Entre 1939 y 1960 fueron aproximadamente unas 22.000 penas de muerte, de las cuales se conmutaron la mitad a cadena perpetua por Franco. Una cadena perpetua, por cierto, que no solía durar más de seis años.

En su obra La Justicia de Franco, Julius Ruiz afirma esa justicia, con todos sus excesos, no tuvo “carácter exterminador”. Es decir, no hubo un “holocausto español”. La persecución franquista, canalizada básicamente en forma de Consejos de Guerra, quiso concentrarse en los responsables de “crímenes de sangre” cometidos en suelo republicano, aunque en aquellas durísimas condiciones de posguerra el nivel probatorio requerido para la pena capital no era como el actual.

Comparada con ajustes de cuenta coetáneos en otros países europeos, en Madrid y otras zonas las ejecuciones masivas acabaron en 1941 y por esas fechas el régimen combinaba el mantenimiento de la represión con una excarcelación significativa de presos. 

Ni de lejos existió tal exterminio, de clase o no de clase. La inmensa mayoría de quienes, de buen o mal grado, lucharon a favor del Frente Popular (en torno a 1.500.000 hombres), de quienes lo votaron en las elecciones (4.600.000) o vivieron en su zona (14 millones) ni fueron fusilados ni se exiliaron. Se reintegraron pronto a la sociedad, y rehicieron sus vidas dentro de las penurias que por entonces afectaron a casi todos los españoles.

Naturaleza de las víctimas

La propaganda de la memoria histórica presenta a los ejecutados como “víctimas republicanas”, equiparando a los inocentes que sin duda cayeron con los criminales ejecutados por delitos aberrantes.

Aunque suele enaltecerse a los ejecutados como víctimas por motivos políticos, la mayoría fue procesada por delitos graves, a menudo atroces. Ello fue posible porque los jefes rojos huyeron a tiempo, abandonando a su suerte a miles de sicarios y  chekistas, gran parte de los cuales cayó en manos de sus enemigos.

Mientras que los rojos masacraban a inocentes, sin juicio, por el simple hecho de llevar un crucifijo, ir a misa, o estar suscrito a un periódico de derechas, el régimen de Franco juzgó a chekistas torturadores, a asesinos, a guerrilleros del maquis, a terroristas, a separatistas, a comunistas… no había entre ellos ningún demócrata.

Los diversos elementos de la oposición antifranquista reunían cuatro rasgos:

  1. Salvo los católicos, eran débiles, en especial los no comunistas;
  2. No eran demócratas;
  3. Solían girar en torno a iniciativas comunistas y defender tiranías como la de Fidel Castro; y
  4. Algunos eran terroristas y la mayoría simpatizaba con la ETA. Resultaría chocante que de ella pudiera surgir una democracia. Y no surgió, por cierto.

Con la amnistía de la Transición salen unos 300 presos políticos que había en toda España, un país que tenía entonces 36 millones de habitantes. Y de esos 300 presos políticos, casi todos eran comunistas y terroristas. Esta es la oposición real que tuvo Franco

También afirma la historiografía «oficial» que los tribunales no ofrecían garantías. Sin duda eran menos garantistas que los actuales, pero lo eran más que los franceses o italianos de la posguerra mundial y mucho más que los tribunales “populares” del bando izquierdista-separatista durante la Guerra Civil.

Dado el sesgo comunistoide de la revolución en España, si esta hubiera vencido habría aplicado la represión propia de los gobiernos marxistas. Y las persecuciones entre las izquierdas dejan suponer lo que habría esperado a las derechas si hubieran perdido la guerra. Porque una represión que no se ha investigado es la que se produjo entre los propios miembros del Frente Popular.

Prieto lo anunció tres días antes de la sublevación: “Será una batalla a muerte, porque cada uno de los bandos sabe que el adversario, si triunfa, no le dará cuartel”.

El mayor logro del franquismo fue la superación de los odios políticos que hundieron la república. No fue demasiado difícil, pues la gente había conocido el Frente Popular y su revolución: la mayor hambre del siglo XX, con destrucción de un inmenso patrimonio histórico y artístico, despotismo, terror, sangrientas querellas entre las propias izquierdas y huida final de los jefes al extranjero con enormes tesoros expoliados.

 ¿Quiénes fueron las “víctimas del franquismo” y ¿por qué fueron fusilados?

Según ellos, por ser honrados republicanos que se limitaban a “pensar diferente” de Franco. Así que vamos por partes. ¿Qué pensaban aquellas víctimas? Como seguidores del Frente Popular “pensaban” que en España debía imponerse un régimen totalitario, y que si en el proceso la nación se dividía en varios estados, pues tampoco pasaba nada o era incluso deseable. Pero tampoco es cierto que fueran fusilados por eso. Casi todos lo fueron después de juicios, en los que no se alegaban sus “modos de pensar”, sino crímenes concretos y a menudo espeluznantes, torturas, etc, como los que cometieron asesinos como Julián Grimau, o los terroristas etarras, que detallaremos más adelante. Todo lo cual sabemos que se produjo con mucha abundancia en la zona del Frente Popular.

El número de fusilados de posguerra va a resultar finalmente que ascendió a unos 12.000, conmutándose otras tantas sentencias a cadena perpetua… que no solía pasar de los seis años. Ahora bien, ¿por qué cayeron en manos de los vencedores tantos criminales? Aquí está la clave de todo. Cuando la derrota se hizo inminente, en Cataluña y luego en el centro, los jefes del PSOE, que habían organizado las chekas y una represión realmente sádica, huyeron al exterior sin preocuparse de los sicarios que dejaban atrás. En Cataluña, obligaron a marchar con ellos a una masa de población que en cuanto pudo se volvió de Francia a España (en el mismo año 1939 habían vuelto más de dos tercios de los 400.000-500.000 que pasaron la frontera), pero muchos complicados en crímenes fueron dejados atrás en la apresurada fuga. Y en el centro ocurrió lo mismo en mayor medida. Cualquier dirigente responsable se preocupar de salvar en primer lugar, o al menos en segundo lugar, a los que han cumplido sus órdenes criminales y que se exponen a lo peor si los captura el enemigo.

Pero los dirigentes del PSOE pensaban de otro modo. No solo se habían preocupado de organizar aquellas terroríficas checas, sino además de organizar el robo sistemático de todo tipo de bienes, particulares de los bancos, alhajas de los montes de piedad, pertenecientes al patrimonio histórico-artístico, etc. Este gigantesco expolio, acompañado de destrucciones, no lo organizaron en el último momento, sino desde poco después de recomenzada la guerra. Negrín, su principal organizador y uno de los grandes líderes históricos del PSOE, se jactaba abiertamente de aquellas medidas. Todo esto lo he explicado de modo suficiente en Los mitos de la Guerra Civil, con datos procedentes del propio PSOE y nunca rebatidos. Por lo tanto, si hemos de hablar de víctimas, hay que adjudicar la autoría, en primer lugar, a los jefes del PSOE, que se fueron con sus tesoros sin preocuparse de sus sicarios. Y a los jefes del resto del Frente Popular, pero muy especialmente de este partido y gobierno actual, que no han aprendido nada de la historia y no cesan de instrumentar y subvencionar campañas de odio y mentiras, al paso que pretenden ultrajar los restos del hombre que libró al país de ellos.

Y digamos, para concluir, que el PSOE, tan activo durante la guerra y antes en organizar terrorismo, violencias diversas y golpes de estado, no hizo durante el franquismo oposición alguna significativa al régimen. Los comunistas sí la hicieron, arriesgándose seriamente a menudo. El valor que le faltó entonces a los socialistas lo “demuestran” cuarenta años después tratando de profanar la tumba de Franco y aplastar las libertades básicas de la democracia.

 

La leyenda de la represión

Pilar Gutiérrez, Presidenta de Movimiento por España

Otra prueba del mito de la represión es Luis Llach y su canción revolucionaria L’estaca, que estuvo en el mercado muchos años y su autor haciendo caja y en la calle tan tranquilo. Yo misma compré el disco en 1972 sin ningún problema. Dice Wikipedia que “por las prohibiciones de la dictadura franquista tuvo que exiliarse a París”. Pues si hubiera sido una dictadura de verdad, habría estado en la cárcel y no en París, o a lo mejor bajo tierra, como tantos jóvenes venezolanos.

La letra de la canción es esta:

El viejo Siset me hablaba 
al amanecer, en el portal, 
mientras esperábamos 
la salida del sol 
y veíamos pasar los carros. 

Siset: ¿No ves la estaca 
a la que estamos todos atados? 
Si no conseguimos 
liberarnos de ella 
nunca podremos andar. 

Si tiramos fuerte, la haremos caer. 
Ya no puede durar mucho tiempo. 
Seguro que cae, cae, cae, 
pues debe estar ya bien podrida. 

Si yo tiro fuerte por aquí, 
y tú tiras fuerte por allí, 
seguro que cae, cae, cae, 
y podremos liberarnos. 

¡ Pero, ha pasado tanto tiempo así ! 
Las manos se me están desollando, 
y en cuanto abandono un instante, 
se hace más gruesa y más grande.

Ya sé que está podrida, 
pero es que, Siset, pesa tanto, 
que a veces me abandonan 
las fuerzas. 
Repíteme tu canción. 

Si tiramos fuerte … 

Si yo tiro fuerte por aquí … 

El viejo Siset ya no dice nada; 
se lo llevó un mal viento. 
– él sabe hacia donde -, 
mientras yo continúo 
bajo el portal. 

Y cuando pasan 
los nuevos muchachos, 
alzo la voz para cantar 
el último canto 
que él me enseñó. 

Si tiramos fuerte … 

Si yo tiro fuerte por aquí, 
y tú tiras fuerte por allí, 
seguro que cae, cae, cae, 
y podremos liberarnos.

fuente: musica.com

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