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El Terror Rojo

El Terror rojo (del Frente Popular) tuvo ciertos aspectos peculiares que no encontramos en el “terror blanco” (bando nacional):

  • La programación de matanzas masivas, exterminadoras, como la que en pocos meses llenó las fosas de Paracuellos.

  • El sistema de los centros de tortura y asesinato denominados “checas”, dependientes unas veces de las autoridades del Estado republicano y otras veces de los partidos políticos del Frente Popular.

  • El ensañamiento sobre las víctimas, tanto sobre los detenidos como sobre los cadáveres, practicado de forma tan abundante en la zona republicana que puede hablarse de una suerte de macabro ritual.

Terror Rojo es un término utilizado por parte de la historiografía para referirse a la represión en la zona republicana durante la Guerra Civil Española, y alude a una sucesión de actos criminales por parte de grupos de izquierda que en ocasiones incluyen al gobierno de la república. El cálculo de asesinados oscila entre los 85.000 y los 170.000, incluyendo a más 6.800 religiosos católicos, cifras que algunos autores elevan incluso más.

Primero será la caza del enemigo, con la coartada de la espontaneidad incontrolada de las masas. Las víctimas de esa caza, sin embargo, no son aleatorias ni fortuitas, sino muy concretas desde el punto de vista revolucionario. Son los “enemigos de clase”: religiosos de cualquier condición, políticos de la derecha, propietarios e industriales, militares sospechosos… Pero en muy poco tiempo, en un vértigo de sangre, la lista se amplía: ya no sólo los religiosos consagrados, sino también los ciudadanos de fe manifiesta; ya no sólo los políticos de la derecha, sino también sus votantes; ya no sólo los grandes propietarios, sino también el labrador, el comerciante, el profesional liberal; ya no sólo los militares de quienes pueda pensarse que simpatizan con el alzamiento, sino cualesquiera otros que se convierten en culpables simplemente por llevar uniforme. A sólo un mes de estallar la guerra civil, el Terror de las milicias armadas –armadas por el Gobierno, convertidas por el Gobierno en fuerzas paramilitares y parapoliciales- se cierne sobre todo aquel que sea sospechoso de no comulgar con la revolución que se anuncia.

En esa atmósfera se desencadena una persecución religiosa sin precedentes en la España moderna que elevará el número de clérigos asesinados –sacerdotes, monjas, frailes- hasta cerca de los 7.000, sin contar la elevadísima cifra de seglares que son asesinados por sus convicciones cristianas. Con el derecho arruinado, aparecen casos siniestros de venganzas personales, asesinatos y robos cometidos bajo la coartada de una razón política rebajada al rango del crimen. El “paseo” se convierte en escena cotidiana: el enemigo es cazado, transportado al matadero, asesinado impunemente. El miedo cierra algunas bocas; otras, el odio.

No hay nadie que esté a salvo. Las cárceles, donde los presos políticos han sustituido a los comunes, son asaltadas, y asesinados los reclusos. Al compás de la guerra, que ya ha incendiado los frentes, las autoridades militares o civiles consienten –cuando no ordenan- sangrientas represalias cuyas víctimas se cuentan por miles. Las cárceles comienzan a vivir el siniestro ritual de las “sacas”: llegan los milicianos, sacan a unos presos, la autoridad los entrega, se los asesina sin la menor posibilidad de defensa. Las “sacas” se intensifican sin mengua hasta bien entrada la guerra civil. No cesarán hasta que ya apenas quede nadie a quien “sacar”.

Con el pretexto de la guerra, de la cercana amenaza del enemigo, se procede a ejecutar matanzas masivas que aún hoy sorprenden por su cuantía. No hay pretextos ni excusas políticas para una carnicería que los propios republicanos  juzgarán como su mayor vergüenza. Pero quizá la mayor vergüenza no sea esa, sino el hecho de que la carnicería continuará. No con cifras tan masivas, pero sí con un sistema depurado de Terror cuyo mejor exponente son las checas. En torno a las checas se desencadenan la tortura, la humillación, la muerte. Cuando el Gobierno interviene para controlar el Terror, no lo atenúa, sino que lo intensifica. Ninguna medida de orden es capaz de neutralizar la dinámica revolucionaria que el propio Gobierno del Frente Popular ha abierto. Así, serán las propias instituciones las que terminen enviscadas en el mundo tétrico de los asesinatos, los saqueos, el tráfico de bienes robados a víctimas inermes, la evasión masiva del tesoro nacional. Los tribunales no correrán mejor suerte: atrapados en la disyuntiva entre mantener el orden o legalizar la revolución, se dejarán llevar por la corriente hasta convertir la Justicia en una parodia que demasiadas veces se limitará a avalar formalmente el crimen. Hacia la primavera de 1937, cuando aún no se ha cumplido un año de contienda, la mayor parte de la represión ha sido ya consumada. Hablamos de una cifra que podría rondar las 50.000 víctimas en diez meses.

Las matanzas de población civil, aun ejecutadas en distintas condiciones, fueron cosa común en los dos bandos: en ambos se hizo acopio de presos políticos, en ambos se cazó al contrincante, en ambos se ejecutó a detenidos, en ambos hubo represalias de guerra. El Terror rojo tuvo, sin embargo, ciertos aspectos peculiares que no encontramos en el “terror blanco”. Uno es la programación de matanzas masivas, exterminadoras, como la que en pocos meses llenó las fosas de Paracuellos. Otro es el sistema de los centros de tortura y asesinato denominados “checas”, dependientes unas veces de las autoridades del Estado republicano y otras veces de los partidos políticos del Frente Popular. Un tercer elemento singular es el ensañamiento sobre las víctimas, tanto sobre los detenidos como sobre los cadáveres, practicado de forma tan abundante en la zona republicana que puede hablarse de una suerte de macabro ritual. Por último, el Terror rojo tendrá una importante dimensión económica, con redes bien organizadas de despojo y saqueo que incluso llegarán a ocupar las páginas de los propios periódicos republicanos, como en el caso García Atadell.

Las matanzas masivas y el sistema de checas son un golpe de muerte para la idílica imagen de una República democrática y virtuosa, ese espejismo de la propaganda que suele expresarse con el concepto “legalidad republicana”. Del mismo modo, los numerosísimos casos de ensañamiento y salvajismo sobre las víctimas, de los que aquí sólo ofreceremos unos pocos ejemplos, arruinan por completo la idea propagandística de que el Frente Popular encarnaba la ilustración, la libertad, la modernidad. Cuando el Gobierno republicano intente “humanizar” la represión a través de los campos de trabajo, el resultado será –cierto que no en todos los casos- un universo concentracionario demasiado parecido al Gulag. Detrás del Terror rojo hubo mucho odio, expresado de la manera más atávica y elemental. El ensañamiento sobre las víctimas es la demostración más clara. Y es, por cierto, un capítulo sobre el cual la izquierda española ha eludido cualquier reflexión en profundidad.

Era tal vez inevitable que este paisaje terminara desembocando en una dinámica suicida, en una avalancha del Terror sobre sí mismo. En situaciones así, siempre son los grupos más decididos, más osados, más dispuestos a llegar donde haga falta, los que terminan devorando a sus aliados más débiles o con mayores escrúpulos. Aquí el grupo más decidido será el Partido Comunista de España, con el apoyo imprescindible de la Unión Soviética de Stalin. Las checas de la República se llenan de técnicos soviéticos mientras el servicio secreto estalinista, el NKVD, campa a sus anchas. Toda la maquinaria bien engrasada –con sangre- del Terror estalinista se aplica en España de manera implacable. Pero ahora no se orientará sólo hacia los enemigos del Frente Popular, sino que golpeará muy especialmente a los partidos sospechosos de hacer sombra a los proyectos de Moscú: primero a los supuestos “trotskistas”, después a los anarquistas, más tarde a los propios socialistas. La creación del Servicio de Investigación Militar, el temible SIM, diseñado bajo la directa inspiración soviética, formalizará oficialmente la represión en una República que, con Negrín, se parecerá demasiado a una dictadura militarizada. El fin de la guerra es una estampa de guerra civil dentro de la guerra civil: anarquistas y republicanos a tiros contra los comunistas en los barrios de Madrid. El Terror se ahoga en sí mismo.

En ls siguientes capítulos vamos a detallar algunos de los casos más espeluznantes.

P.D. Todos estos crímenes perpetrados por el Frente Popular están recogidos en el libro “La Causa General”, que citamos en la sección de libros.

El frente popular contra los republicanos

Revista La Razón Histórica
Jesús Javier Corpas Mauleón

Cuando se habla de las víctimas de la guerra civil se olvida, muchas veces intencionadamente, que varios millares de republicanos murieron a manos de miembros del Frente Popular en el gobierno, hoy llamado con el nombre de lo que precisamente destruyó. Muchos asesinados eran partidarios de la II República que aborrecían en lo que se había convertido, o bien ansiaban un régimen distinto de la monarquía y de la dictadura marxista que seba imponiendo , cayendo víctimas del sectarismo imperante, habiendo también quienes fueron ejecutados por orden de Stalin, verdadero presidente de aquella España. Otro muchos partidarios de la república salvaron la vida gracias a no encontrase en territorio “rojo” durante la guerra. En este artículo hablamos de algunos casos representativos, que indican que llamar “republicanos” a aquellos que gobernaban en España en el año 36, y que lo hicieron en la zona izquierdista hasta el 39, es totalmente inexacto.

Republicanos contra la II República

Fueron muchos los militares que, habiéndola defendido, acabaron opuestos a la II República. El mismo Franco, que luchó por ella contra el golpe de estado de socialistas y separatistas en octubre de 1934, el 23 de junio de 1936 envió una carta al presidente Casares Quiroga, advirtiéndole que la deriva revolucionaria y terrorista, auspiciada desde el gobierno del Frente Popular, podía provocar un golpe militar. El presidente, quién había amenazado a Calvo Sotelo en una sesión de las Corte un mes antes, no le hizo caso. Cuando el jefe de la oposición fue asesinado (13 de Julio), por fuerzas de seguridad y personas cercanas al gobierno, Franco se adhirió al alzamiento (15 de julio) que preparaba Mola. Manuel Azaña escribió que “Franco no se sublevó contra la república sino contra la chusma que se había apoderado de la república”.

Republicano fue Gonzalo Queipo de Llano, director general del Cuerpo de Carabineros y cuñado de Niceto Alcalá Zamora, primer presidente de la II república. Este general, jefe de la sublevación de 1936 en Sevilla, se alzó previamente a favor de la república en el intento de golpe de estado de Cuatro Vientos. El 15 de diciembre 1931, junto a Ramón Franco, hermano de Francisco intentó el derribo de Alfonso XIII. Fracasado el golpe, por la defección a última hora de la UGT, y el adelanto de los conjurados de Jaca, huyeron ambos militares a Portugal. Indultados por el primer gobierno republicano se reintegraron en el ejército, desengañándose con el régimen cuando ven la degradación de España. Se sumaron ambos al Alzamiento, llegando Queipo a capitán general de Sevilla y muriendo Franco en misión de combate en el mediterráneo. La hermana de éste, Pilar, sostiene que su avión fue saboteado por la masonería por haber abandonado dicha sociedad secreta.

Agustín Muñoz Grandes fue un militar de confianza del primer gobierno republicano quien le encargó organizar la Guardia de Asalto, fundada por el régimen  para contrapesar la Guardia Civil ,que consideraban “monárquica”. De ideas republicanas y sociales, cuando el coronel Muñoz Grandes vio la deriva marxista y separatista del régimen se adhirió a la Falange. Apresado, y a punto de ser fusilado, fue canjeado pasando a zona Nacional.

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El Terror rojo

 

El Terror rojo (del Frente Popular) tuvo ciertos aspectos peculiares que no encontramos en el “terror blanco” (bando nacional):

  • La programación de matanzas masivas, exterminadoras, como la que en pocos meses llenó las fosas de Paracuellos.

  • El sistema de los centros de tortura y asesinato denominados “checas”, dependientes unas veces de las autoridades del Estado republicano y otras veces de los partidos políticos del Frente Popular.

  • El ensañamiento sobre las víctimas, tanto sobre los detenidos como sobre los cadáveres, practicado de forma tan abundante en la zona republicana que puede hablarse de una suerte de macabro ritual.

Terror Rojo es un término utilizado por parte de la historiografía para referirse a la represión en la zona republicana durante la Guerra Civil Española, y alude a una sucesión de actos criminales por parte de grupos de izquierda que en ocasiones incluyen al gobierno de la república. El cálculo de asesinados oscila entre los 85.000 y los 170.000, incluyendo a más 6.800 religiosos católicos, cifras que algunos autores elevan incluso más.

Primero será la caza del enemigo, con la coartada de la espontaneidad incontrolada de las masas. Las víctimas de esa caza, sin embargo, no son aleatorias ni fortuitas, sino muy concretas desde el punto de vista revolucionario. Son los “enemigos de clase”: religiosos de cualquier condición, políticos de la derecha, propietarios e industriales, militares sospechosos… Pero en muy poco tiempo, en un vértigo de sangre, la lista se amplía: ya no sólo los religiosos consagrados, sino también los ciudadanos de fe manifiesta; ya no sólo los políticos de la derecha, sino también sus votantes; ya no sólo los grandes propietarios, sino también el labrador, el comerciante, el profesional liberal; ya no sólo los militares de quienes pueda pensarse que simpatizan con el alzamiento, sino cualesquiera otros que se convierten en culpables simplemente por llevar uniforme. A sólo un mes de estallar la guerra civil, el Terror de las milicias armadas –armadas por el Gobierno, convertidas por el Gobierno en fuerzas paramilitares y parapoliciales- se cierne sobre todo aquel que sea sospechoso de no comulgar con la revolución que se anuncia.

En esa atmósfera se desencadena una persecución religiosa sin precedentes en la España moderna que elevará el número de clérigos asesinados –sacerdotes, monjas, frailes- hasta cerca de los 7.000, sin contar la elevadísima cifra de seglares que son asesinados por sus convicciones cristianas. Con el derecho arruinado, aparecen casos siniestros de venganzas personales, asesinatos y robos cometidos bajo la coartada de una razón política rebajada al rango del crimen. El “paseo” se convierte en escena cotidiana: el enemigo es cazado, transportado al matadero, asesinado impunemente. El miedo cierra algunas bocas; otras, el odio.

No hay nadie que esté a salvo. Las cárceles, donde los presos políticos han sustituido a los comunes, son asaltadas, y asesinados los reclusos. Al compás de la guerra, que ya ha incendiado los frentes, las autoridades militares o civiles consienten –cuando no ordenan- sangrientas represalias cuyas víctimas se cuentan por miles. Las cárceles comienzan a vivir el siniestro ritual de las “sacas”: llegan los milicianos, sacan a unos presos, la autoridad los entrega, se los asesina sin la menor posibilidad de defensa. Las “sacas” se intensifican sin mengua hasta bien entrada la guerra civil. No cesarán hasta que ya apenas quede nadie a quien “sacar”.

Con el pretexto de la guerra, de la cercana amenaza del enemigo, se procede a ejecutar matanzas masivas que aún hoy sorprenden por su cuantía. No hay pretextos ni excusas políticas para una carnicería que los propios republicanos  juzgarán como su mayor vergüenza. Pero quizá la mayor vergüenza no sea esa, sino el hecho de que la carnicería continuará. No con cifras tan masivas, pero sí con un sistema depurado de Terror cuyo mejor exponente son las checas. En torno a las checas se desencadenan la tortura, la humillación, la muerte. Cuando el Gobierno interviene para controlar el Terror, no lo atenúa, sino que lo intensifica. Ninguna medida de orden es capaz de neutralizar la dinámica revolucionaria que el propio Gobierno del Frente Popular ha abierto. Así, serán las propias instituciones las que terminen enviscadas en el mundo tétrico de los asesinatos, los saqueos, el tráfico de bienes robados a víctimas inermes, la evasión masiva del tesoro nacional. Los tribunales no correrán mejor suerte: atrapados en la disyuntiva entre mantener el orden o legalizar la revolución, se dejarán llevar por la corriente hasta convertir la Justicia en una parodia que demasiadas veces se limitará a avalar formalmente el crimen. Hacia la primavera de 1937, cuando aún no se ha cumplido un año de contienda, la mayor parte de la represión ha sido ya consumada. Hablamos de una cifra que podría rondar las 50.000 víctimas en diez meses.

Las matanzas de población civil, aun ejecutadas en distintas condiciones, fueron cosa común en los dos bandos: en ambos se hizo acopio de presos políticos, en ambos se cazó al contrincante, en ambos se ejecutó a detenidos, en ambos hubo represalias de guerra.

El Terror rojo tuvo, sin embargo, ciertos aspectos peculiares que no encontramos en el “terror blanco”. Uno es la programación de matanzas masivas, exterminadoras, como la que en pocos meses llenó las fosas de Paracuellos. Otro es el sistema de los centros de tortura y asesinato denominados “checas”, dependientes unas veces de las autoridades del Estado republicano y otras veces de los partidos políticos del Frente Popular. Un tercer elemento singular es el ensañamiento sobre las víctimas, tanto sobre los detenidos como sobre los cadáveres, practicado de forma tan abundante en la zona republicana que puede hablarse de una suerte de macabro ritual. Por último, el Terror rojo tendrá una importante dimensión económica, con redes bien organizadas de despojo y saqueo que incluso llegarán a ocupar las páginas de los propios periódicos republicanos, como en el caso García Atadell.

Las matanzas masivas y el sistema de checas son un golpe de muerte para la idílica imagen de una República democrática y virtuosa, ese espejismo de la propaganda que suele expresarse con el concepto “legalidad republicana”. Del mismo modo, los numerosísimos casos de ensañamiento y salvajismo sobre las víctimas, de los que aquí sólo ofreceremos unos pocos ejemplos, arruinan por completo la idea propagandística de que el Frente Popular encarnaba la ilustración, la libertad, la modernidad. Cuando el Gobierno republicano intente “humanizar” la represión a través de los campos de trabajo, el resultado será –cierto que no en todos los casos- un universo concentracionario demasiado parecido al Gulag. Detrás del Terror rojo hubo mucho odio, expresado de la manera más atávica y elemental. El ensañamiento sobre las víctimas es la demostración más clara. Y es, por cierto, un capítulo sobre el cual la izquierda española ha eludido cualquier reflexión en profundidad.

Era tal vez inevitable que este paisaje terminara desembocando en una dinámica suicida, en una avalancha del Terror sobre sí mismo. En situaciones así, siempre son los grupos más decididos, más osados, más dispuestos a llegar donde haga falta, los que terminan devorando a sus aliados más débiles o con mayores escrúpulos. Aquí el grupo más decidido será el Partido Comunista de España, con el apoyo imprescindible de la Unión Soviética de Stalin. Las checas de la República se llenan de técnicos soviéticos mientras el servicio secreto estalinista, el NKVD, campa a sus anchas. Toda la maquinaria bien engrasada –con sangre- del Terror estalinista se aplica en España de manera implacable. Pero ahora no se orientará sólo hacia los enemigos del Frente Popular, sino que golpeará muy especialmente a los partidos sospechosos de hacer sombra a los proyectos de Moscú: primero a los supuestos “trotskistas”, después a los anarquistas, más tarde a los propios socialistas. La creación del Servicio de Investigación Militar, el temible SIM, diseñado bajo la directa inspiración soviética, formalizará oficialmente la represión en una República que, con Negrín, se parecerá demasiado a una dictadura militarizada. El fin de la guerra es una estampa de guerra civil dentro de la guerra civil: anarquistas y republicanos a tiros contra los comunistas en los barrios de Madrid. El Terror se ahoga en sí mismo.

Esta es la secuencia de los hechos que aquí vamos a detallar. Primero, el tiempo de la caza del hombre, de la persecución, en nombre de una alucinación revolucionaria. Después, la aniquilación del enemigo encerrado en las prisiones. Veremos también las singularidades del Terror rojo español: las matanzas masivas, el sistema de las checas, el ensañamiento con las víctimas, los saqueos, la función de los tribunales populares, los campos de trabajo forzado. Por último, el momento en que el Terror rojo se abate sobre sí mismo, con la decisiva intervención soviética. Esa es la trayectoria del Terror rojo español.”

Fuente: https://elmanifiesto.com/cultura/253/la-narracioacuten-maacutes-completa-sobre-el-terror-rojo-en-espantildea.htm

El frente popular contra los republicanos

Revista La Razón Histórica
Jesús Javier Corpas Mauleón

Cuando se habla de las víctimas de la guerra civil se olvida, muchas veces intencionadamente, que varios millares de republicanos murieron a manos de miembros del Frente Popular en el gobierno, hoy llamado con el nombre de lo que precisamente destruyó. Muchos asesinados eran partidarios de la II República que aborrecían en lo que se había convertido, o bien ansiaban un régimen distinto de la monarquía y de la dictadura marxista que seba imponiendo , cayendo víctimas del sectarismo imperante, habiendo también quienes fueron ejecutados por orden de Stalin, verdadero presidente de aquella España. Otro muchos partidarios de la república salvaron la vida gracias a no encontrase en territorio “rojo” durante la guerra. En este artículo hablamos de algunos casos representativos, que indican que llamar “republicanos” a aquellos que gobernaban en España en el año 36, y que lo hicieron en la zona izquierdista hasta el 39, es totalmente inexacto.

Republicanos contra la II República

Fueron muchos los militares que, habiéndola defendido, acabaron opuestos a la II República. El mismo Franco, que luchó por ella contra el golpe de estado de socialistas y separatistas en octubre de 1934, el 23 de junio de 1936 envió una carta al presidente Casares Quiroga, advirtiéndole que la deriva revolucionaria y terrorista, auspiciada desde el gobierno del Frente Popular, podía provocar un golpe militar. El presidente, quién había amenazado a Calvo Sotelo en una sesión de las Corte un mes antes, no le hizo caso. Cuando el jefe de la oposición fue asesinado (13 de Julio), por fuerzas de seguridad y personas cercanas al gobierno, Franco se adhirió al alzamiento (15 de julio) que preparaba Mola. Manuel Azaña escribió que “Franco no se sublevó contra la república sino contra la chusma que se había apoderado de la república”.

Republicano fue Gonzalo Queipo de Llano, director general del Cuerpo de Carabineros y cuñado de Niceto Alcalá Zamora, primer presidente de la II república. Este general, jefe de la sublevación de 1936 en Sevilla, se alzó previamente a favor de la república en el intento de golpe de estado de Cuatro Vientos. El 15 de diciembre 1931, junto a Ramón Franco, hermano de Francisco intentó el derribo de Alfonso XIII. Fracasado el golpe, por la defección a última hora de la UGT, y el adelanto de los conjurados de Jaca, huyeron ambos militares a Portugal. Indultados por el primer gobierno republicano se reintegraron en el ejército, desengañándose con el régimen cuando ven la degradación de España. Se sumaron ambos al Alzamiento, llegando Queipo a capitán general de Sevilla y muriendo Franco en misión de combate en el mediterráneo. La hermana de éste, Pilar, sostiene que su avión fue saboteado por la masonería por haber abandonado dicha sociedad secreta.

Agustín Muñoz Grandes fue un militar de confianza del primer gobierno republicano quien le encargó organizar la Guardia de Asalto, fundada por el régimen  para contrapesar la Guardia Civil ,que consideraban “monárquica”. De ideas republicanas y sociales, cuando el coronel Muñoz Grandes vio la deriva marxista y separatista del régimen se adhirió a la Falange. Apresado, y a punto de ser fusilado, fue canjeado pasando a zona Nacional.

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